A lo largo de mi actividad profesional he tenido la oportunidad de analizar decenas de programas de formación en comercio exterior impartidos por universidades, escuelas de negocios, cámaras de comercio y centros especializados. Entre ellos, de muchos países de Hispanoamérica. Esa labor no ha respondido únicamente a un interés académico. Ha formado parte de una necesidad permanente de comprender cómo evoluciona la formación en nuestra disciplina, cuáles son las necesidades reales de las empresas y hasta qué punto los programas existentes preparan a los profesionales para desenvolverse en un entorno internacional cada vez más complejo.
Ese análisis me ha llevado, con el paso de los años, a una conclusión que considero merece una reflexión serena. En buena parte de países, en especial en Hispanoamérica, se ha consolidado una cultura en la que el crecimiento profesional suele asociarse, casi de manera automática, a la obtención de una nueva titulación. Diplomados, especializaciones, programas técnicos, másteres y certificaciones forman parte de un itinerario que muchos profesionales recorren convencidos de que cada nuevo diploma les situará un paso más cerca de convertirse en mejores especialistas.
No creo que esa actitud sea criticable. Al contrario. Si algo necesita el comercio internacional es precisamente profesionales que mantengan una formación continua y que comprendan que el conocimiento adquirido hace diez o quince años resulta insuficiente para responder a los desafíos actuales. El problema, por tanto, no reside en estudiar más. El problema aparece cuando, casi sin advertirlo, terminamos identificando la acumulación de títulos con el desarrollo de la competencia profesional, como si ambas cosas evolucionaran necesariamente al mismo ritmo.
La realidad que observo cada año en el aula me lleva a pensar que no siempre es así. Con frecuencia participan en nuestros programas profesionales que ya han cursado anteriormente un diplomado o un máster, que conocen la terminología propia del comercio exterior, que saben qué regulan los Incoterms®, cómo se estructura un crédito documentario o cuáles son las principales modalidades de transporte internacional. Sin embargo, cuando comenzamos a analizar operaciones reales, cuando las decisiones dejan de presentarse ordenadas por materias y empiezan a aparecer con la complejidad con la que se manifiestan en la empresa, muchos de ellos reconocen que esa realidad se parece poco a la que habían estudiado hasta ese momento.
Durante bastante tiempo pensé que la explicación se encontraba en la mayor o menor profundidad de los contenidos impartidos. Sin embargo, después de revisar numerosos programas y de conversar con responsables académicos de distintos países, llegué a la conclusión de que esa no era la verdadera causa. La inmensa mayoría de diplomados y másteres incorporan las materias que cualquier profesional debería conocer: contratación internacional, Incoterms®, transporte, logística, gestión aduanera, fiscalidad, medios de cobro y pago, financiación o gestión documental. Desde esa perspectiva resulta difícil sostener que exista una carencia generalizada de contenidos.
La diferencia aparece en el momento de diseñar el propio programa. Tradicionalmente, la formación en comercio exterior se construye identificando primero las disciplinas que deben impartirse y asignando posteriormente cada una de ellas a un especialista. El resultado suele ser un programa perfectamente estructurado desde un punto de vista académico, en el que cada materia dispone de sus objetivos, su bibliografía, sus casos prácticos y su correspondiente evaluación. No considero que ese planteamiento sea erróneo. De hecho, responde a la lógica con la que históricamente se ha organizado la enseñanza superior.
Lo que ocurre es que la empresa no funciona de esa manera.
Un responsable de exportación no se enfrenta el lunes a un problema de Incoterms®, el martes a otro de transporte, el miércoles a una cuestión aduanera y el jueves a un conflicto documental. Lo que tiene delante es una operación internacional en la que todas esas disciplinas aparecen simultáneamente y en la que una decisión adoptada durante la negociación comercial puede terminar condicionando el transporte, la documentación, el medio de cobro, el tratamiento fiscal de la operación o incluso la posibilidad de despachar correctamente la mercancía semanas después.
Quien haya trabajado durante años en una empresa exportadora o importadora sabe perfectamente que esa es la realidad. Los problemas no llegan identificados con el nombre de una asignatura. Llegan mezclados. Y precisamente por eso exigen profesionales capaces de relacionar conocimientos que, durante su formación, aprendieron de forma independiente.
Creo que ahí reside una de las principales diferencias entre adquirir conocimientos y desarrollar competencia profesional. Saber qué establece una norma resulta imprescindible. Comprender cómo esa norma interactúa con el contrato de compraventa, con el Incoterms® negociado, con la documentación emitida por el transportista, con las exigencias del banco o con las consecuencias fiscales de la operación constituye un nivel de conocimiento completamente distinto. Es, precisamente, el nivel que las empresas necesitan cuando incorporan un responsable de exportación, de importación o de comercio internacional.
Fue esa reflexión la que hace más de 25 años nos lleva a estructurar el diseño de nuestros programas de formación. Comprendimos que construyéndolos a partir de un listado de materias no conduce inevitablemente a reproducir el mismo modelo que ya existía. Desde ese momento decidimos, por tanto, invertir completamente el proceso.
En lugar de preguntarnos qué contenidos debíamos impartir, comenzamos preguntándonos qué decisiones tendría que adoptar el profesional cuando regresara a su empresa al día siguiente de finalizar el programa. La diferencia puede parecer únicamente metodológica, pero en realidad modifica por completo la estructura de la formación. A partir de ese momento, el protagonista deja de ser la asignatura y pasa a ser el perfil profesional. Ya no se diseña un programa pensando en explicar transporte, aduanas o Incoterms®, sino pensando en las dificultades reales que afronta un responsable de exportación cuando debe negociar una operación, estructurar una compraventa internacional, proteger el cobro, coordinar la documentación o reducir los riesgos derivados de una decisión aparentemente sencilla.
Cuando el punto de partida cambia, también cambia la función de cada materia. Los Incoterms® dejan de estudiarse como un tema aislado para convertirse en una herramienta que condiciona el transporte, la documentación, el control de la operación y, en muchos casos, la propia seguridad del cobro. La gestión aduanera deja de analizarse exclusivamente desde la perspectiva normativa para entender cómo determinadas decisiones comerciales pueden facilitar o dificultar el despacho de la mercancía. La fiscalidad deja de ser un capítulo independiente para incorporarse al proceso de toma de decisiones desde el mismo momento en que comienza a diseñarse la operación internacional.
Probablemente esa sea la razón por la que muchos profesionales, después de obtener varios títulos, siguen sintiendo que todavía les falta algo cuando asumen determinadas responsabilidades. No les faltan conocimientos. Lo que les ha faltado, en muchas ocasiones, es la oportunidad de aprender a utilizarlos conjuntamente, tal y como la realidad empresarial les obliga a hacerlo cada día.
Por esa razón creo que la reflexión sobre la titulitis no debería centrarse en cuestionar el valor de los títulos. Sería profundamente injusto hacerlo. La cuestión verdaderamente relevante consiste en preguntarnos si estamos utilizando la formación para acumular acreditaciones o para desarrollar el criterio profesional que posteriormente exigirá la empresa. Son dos objetivos distintos y, aunque con frecuencia los confundamos, no siempre se alcanzan mediante el mismo camino.
El comercio exterior seguirá necesitando buenos diplomados, excelentes másteres y programas de especialización cada vez más rigurosos. Pero, al mismo tiempo, necesitará que todos ellos evolucionen hacia un modelo donde el centro de gravedad deje de situarse en las materias y pase a situarse en el profesional, en las decisiones que deberá adoptar y en los problemas reales que tendrá que resolver. Porque, al final, las empresas no incorporan títulos a sus departamentos de comercio exterior. Incorporan personas. Y de ellas esperan, sobre todo, criterio para tomar decisiones acertadas cuando la complejidad aparece.
ESNI Business School | International Trade Compliance Specialist
